Crítica al modelo individualista en el diseño de políticas públicas

Efraim Tito Hernández Orozco
México Sostenible – Políticas Públicas para la Sostenibilidad
1 de agosto de 2017 

De acuerdo con Mauricio Merino (2008) ninguna política pública tiene neutralidad ética, pues la determinación de problemas públicos, así como los cauces a tomar para resolverlos, representan una afirmación de valores. De este modo, Merino argumenta que cualquier política pública tiene una teoría de entrada, que se refiere a las consideraciones filosóficas adoptadas por los gobiernos para tomar decisiones e identificar problemas de interés público. En este sentido, una de las discusiones teóricas que tiene más relevancia para el diseño de políticas públicas ambientales es sobre la naturaleza de la realidad social y el origen del comportamiento humano. La perspectiva dominante en esta discusión es el “modelo del homo economicus” (Reckwitz, 2002), que entiende a la realidad social como el resultado de la convergencia de motivaciones e intereses personales.

No obstante su popularidad, el modelo del homo economicus ha sido duramente criticado, pues, al utilizarlo como teoría de entrada, se considera que la responsabilidad para mitigar la crisis ambiental corresponde exclusivamente al individuo; esta noción es problemática, pues no toma en cuenta la complejidad de los sistemas socio-ambientales y, además, ha disimulado de manera peligrosa la responsabilidad de los gobiernos y las empresas en la crisis ambiental (Shove, 2010). En este orden de ideas, este ensayo hace una crítica al modelo individualista y argumenta que el diseño de políticas públicas debe nutrirse de otras perspectivas teóricas, como, por ejemplo, la Teoría de las Prácticas Sociales (TPS).

Como se mencionó, la plataforma teórica dominante en el diseño de políticas públicas ambientales es el modelo del homo economicus. Esta perspectiva argumenta que el comportamiento humano proviene de la agencia individual, es decir, la capacidad de los individuos para influir en la realidad social (Scott, 2008, pp. 77). En este sentido, este modelo entiende que los humanos son seres racionales que toman decisiones conscientes y bien informadas, y, por lo tanto, su comportamiento puede ser pronosticado si se analizan las creencias, actitudes y valores de los individuos (Hargreaves, 2011). Así, hay trabajos sobre políticas públicas que investigan esta vertiente (como, por ejemplo, Lane, 2013; Loeb y McEwan, 2006) y que tratan de explicar cómo los sistemas de sanciones y recompensas modifican las decisiones individuales y, por lo tanto, el comportamiento. De este modo, las políticas públicas que utilizan esta teoría de entrada suelen formular estrategias que suponen que el comportamiento puede ser dirigido mediante campañas de información y sistemas de multas y recompensas.

Sin embargo, el modelo del homo economicus ha recibido duras críticas por parte de la academia. En primer lugar, se argumenta que esta perspectiva no tiene las herramientas teóricas para proponer cambios significativos en la realidad social. A este respecto, David Uzzel establece que “Intentar persuadir a las personas para que consuman y desperdicien menos a través de campañas para modificar su comportamiento no va a atacar el problema más grande e importante sobre las razones por las que la gente piensa que necesita consumir” (2008, p. 4).

En este sentido, Shove (2010) argumenta que las carencias teóricas del modelo individualista no pueden explicar fenómenos como la brecha acción-valor (action-value gap, en inglés), en donde los individuos conocen la problemática ecológica y adoptan valores ambientales y, sin embargo, no toman decisiones correspondientes a estos principios. Un ejemplo de la brecha acción-valor es el consumo de agua embotellada en la Ciudad de México, en donde, a pesar de que muchas personas conocen los impactos ambientales de la industria del agua embotellada, aún las consumen demasiado (Hernández, 2016).

En segundo lugar, otra dura crítica que ha recibido el modelo del homo economicus es de carácter político (van den Berg, 2016; Shove, 2010). Este modelo tiene un excesivo énfasis en la acción individual, de manera que la responsabilidad moral de la crisis ecológica cae directamente sobre los ciudadanos comunes y corrientes; en este tenor, se exhorta a los individuos a consumir productos orgánicos, reutilizar y reciclar y utilizar métodos alternativos de transporte. Aunque este tipo de cambios en los patrones de consumo y decisiones de los ciudadanos es muy deseable, el énfasis en el individuo esconde la enorme responsabilidad de los gobiernos y las corporaciones. Cuando tan sólo cien empresas son las responsables del 71% de las emisiones de gases de efecto invernadero a nivel global (CMD, 2017), es una obligación reconsiderar el problema de la responsabilidad individual y examinar el papel que juegan las instituciones.

Por estas razones, los tomadores de decisiones y diseñadores de políticas públicas, deben comenzar a nutrirse de tradiciones teóricas que explican la realidad social de manera distinta. A manera de ejemplo, una de las teorías más novedosas y que ha comenzado a ser utilizada en Europa para el diseño de políticas es la TPS (Butler, et al, 2014; Sehakian y Wilhite, 2013). Está teoría se basa principalmente en las contribuciones teóricas de Pierre Bourdieu y Anthony Giddens (Bourdieu, 1977, 1990; Giddens, 1984) y rechaza el énfasis individualista del modelo del homo economicus. Según la TPS, el comportamiento humano no proviene exclusivamente de la agencia individual; los individuos son concebidos como ejecutores de prácticas sociales, que pueden ser definidas como actividades humanas rutinarias que tienen un impacto en la realidad social. La TPS desplaza al individuo como la unidad de análisis y, en vez, estudia a las prácticas sociales como sistemas complejos de elementos interconectados entre sí. Aunque existen varias nomenclaturas sobre los elementos de las prácticas sociales, una de las más populares es la de Shove et al. (2012), quienes consideran a las prácticas sociales como conjuntos de “materiales, habilidades y significados”. En este tenor, es necesario mencionar que la TPS se alinea más con el estudio de sistemas complejos y problemas perversos, que son dos de las tradiciones teóricas predominantes en Ciencias Ambientales (Farhad, 2012; Head, 2008).

En este orden de ideas, al plantear políticas públicas con la TPS como teoría de entrada, el enfoque deja de ser la motivación individual de los ciudadanos y el diseño se centra en los elementos que conforman una práctica social en un espacio particular. Esta perspectiva es ventajosa, pues permite incluir otros elementos que antes no se incluían al estudio (como cuestiones de género, las nuevas tecnologías y el papel de las instituciones, etc.), lo que permite explicar fenómenos como la brecha acción-valor.

En conclusión, es necesario que aquellos que diseñan políticas públicas y manejan algunos de los hilos de la realidad social consideren perspectivas teóricas que van más allá del paradigma individualista. Esto se antoja difícil, pues vivimos en una sociedad globalizada dominada por el neoliberalismo y por la fe ciega en la meritocracia y en la responsabilidad individual. Sin embargo, esto es necesario, pues a lo largo del ensayo se ha explicado por qué el modelo del homo economicus es problemático. Afortunadamente, las alternativas teóricas existen, como la TPS; debemos trabajar más para que este tipo de cuerpos teóricos más complejos y holísticos permeen en el diseño de políticas públicas.

Bibliografía

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